Somos Imperfectos

Somos Imperfectos

por
Eva Fleming

Todos hemos hecho algo en nuestras vidas de lo que nos hemos arrepentido. Comenzando con algo tan inofensivo como comer demasiado flan al final de la fiesta o gastar más dinero de lo planeado en un viaje al extranjero; hasta acciones más severas como  herir a alguien, ya sea por un chisme o una acción deliberada.  Está en nuestra naturaleza la imperfección.  Por eso es que decimos “lo siento” tantas veces al día.

Habiendo estado casada por 25 años puedo testificar que casi no pasa una semana en la que uno de los dos no haya ofendido o herido al otro aunque sea involuntariamente. Esto es porque las luchas más intensas ocurren en la relación más intensa de todas, el matrimonio.

Cuando vamos a perdonar a alguien debemos tener nuestra propia imperfección en cuenta y saber que “errar es de humano”. Pero no queremos ser un saco de boxeo para las personas desconsideradas, por lo que las recomendaciones de la Doctora Alicia La Hoz para los que buscan dar a alguien una oportunidad son apropiadas. Ella sugiere que te hagas las siguientes tres preguntas para ver si vale la pena dar una segunda oportunidad a alguien o no:

  1. ¿Reconoce la persona lo que ha hecho mal y asume responsabilidad propia por lo ocurrido?
  2. ¿Demuestra, consistentemente, un cambio tangible en su carácter y conducta?
  3. ¿Respeta los límites establecidos de las personas que lastimó?

Si puedes responder positivamente a estas preguntas, entonces, es razonable dar la oportunidad a la persona que la busca si realmente lo deseas.

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Papá Pródigo, Hijo Perdonador

Papá Pródigo, Hijo Perdonador

por
Eduardo Morales

Mi corazón estaba palpitando. Me comencé a calentar por dentro. Esto es lo que sientes cuando sabes que el Espíritu Santo está actuando contigo, respondiéndote en ese momento específico.

“Marca pasos, ¿quién aquí necesita marcar pasos?”, el pastor retaba a todos los hombres para que pasaran al frente del altar (escenario).

Era una forma sencilla de ahogar el sonido de mi corazón. ¿Por qué tengo que hacer esto ahora Dios? ¿En este momento? ¿Delante de tantos hombres? ¡Esto me va a hacer quedar como un débil! Dios yo puedo hablar con mi padre cuando lleguemos a casa, ¡¡¡¿por qué lo tengo que hacer aquí?!!! Esto era algo que yo hablaba en mi cabeza. En aquel momento difícil un hombre fue al altar y aceptó el reto y marcó su paso.

Seis años antes yo había perdido todo, alusinaba, odiaba, tenia miedo y estaba roto. Mi padre se había ido sin mi madre, hermano y sin mí. Afortunadamente, para mí yo estaba listo para salir adelante en el colegio. Era mi forma de escapar. No podía estar en la casa, no sabía lo que iba a pasar y no sabía qué ocurriría con esta separación de mi famlia. Solo sabía una cosa, había perdido todo el respeto por mi padre. Lo trabajador, estricto, “haría todo lo que tuviera que hacer para ayudar y proveer a mi familia de lo que tuviera necesidad”, no deseaba hacer nada con él. ¿Por qué mi padre? ¿Por qué regresaste? ¿Por qué viniste aquí? Yo no deseaba realmente hacer mucho en aquel momento, pero mi respuesta fue ignorar y echar a un lado todo, y tratar de hacer lo mejor de mí para olvidar.

Yo sabía que necesitaba tomar la decisión de marcar mis pasos y perdonar a mi papá. Todos estos años yo los tenía debajo de la alfombra. Yo necesitaba escoger y ponerlos detrás de mí, para que nuestra relación fuera enmendada, sanada, restaurada. Comencé a caminar hacia adelante, gentilmente todos los hombres de la audiencia pasaron cerca del altar. No deseaba pasar, tenía que pasar.

“Allá ¿nadie más tiene necesidad de marcar pasos hoy?” dijo el pastor nuevamente.

Me puse en pie y finalmente caminé. “¿Y qué paso quieres marcar hoy?” él dijo.

En una voz muy temblorosa dije, “tengo que compartir algo con mi padre. Necesito perdonarlo”.

Se volvió a contemplar el mar de hombres que tenía al frente, el pastor dijo, “dónde él se encuentra, tráiganlo al altar…”

El no estaba en el salón. “¡En serio! Ahora voy a quedar como un tonto, ya se lo dije a Dios en mi cabeza. Ellos, literalmente, fueron a buscarlo hasta encontrarlo y yo esperando en el altar hasta que alguien, finalmente, lo encontró. Yo sabía que pude haber esperado hasta que llegara a la casa”, yo decía en mi interior.

Yo deseaba que mi padre no estuviera cerca. Busqué refugio en mis logros, mi cita con una relación a la vez, algo de drogas, alcohol y juegos. Cuando él decidió estar ausente por un tiempo en mi vida, no cambió el rol de que él era mi padre y yo su hijo. No deseaba continuar el camino de mi vida tratando esta figura fuera de mi vida. Yo deseaba esa relación. Yo necesitaba esa relación. Algunas temporadas en mi vida fueron activadas prematuramente. El rey dejó la casa, pero el príncipe tomó la posicion, una posición para la que no estaba preparado.

“¡Nosotros lo encontramos!” Alguien gritó en la parte de atrás. El caminó hasta el altar con un sentido de urgencia.

“Su hijo tiene algo que desea compartir con usted…” el pastor me dio el micrófono.

“Papá, solo quiero decirte que te amo demasiado… (mis ojos se pusieron llorosos)… Yo te pedí que vinieras aquí porque tengo que marcar este paso. Necesito perdonarte por todo lo que ha pasado en nuestro pasado. No deseo seguir siendo tu enemigo ni mantenerte en la posición de culpable por más tiempo. He decidido hoy, papá, poner estos últimos seis años detrás de mí.” En este momento sollocé. Mi padre se agarró de mí y compartimos este momento, nos unimos en un gran abrazo que nunca había recibido de él, me sentí libre, me sentí relajado. En ese momento, las ataduras de enojo, de traición y de abandono quedaron atrás. Sentí el poder de la liberación y la libertad del perdón.

Un hombre me hizo el acercamiento y me dijo lo impactante que fue ese momento para ellos. Sentí como si el Señor me hubiera enseñado que ese momento no era exclusivo para mí, sino para todos aquellos hombres que estaban en el salón, para que vieran un acto sincero de perdonar.

Nuestra relación ha cambiado drásticamene hacia lo positivo. Creo que seleccionar perdonar puede ser algo vulnerable y una cosa riesgosa, pero aprender a cómo perdornar y aplicarlo a nuestras relaciones es un acto integral. Perdonar liberta, no perdonar estrangula y entorpece. Necesitamos aprender a perdonar, como El nos ha perdonado.

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De lo Malo, Siempre Surge Algo Bueno

De lo Malo, Siempre Surge Algo Bueno

por
Verónica Avila

Estas últimas semanas han sido de mucha devastación en Estados Unidos y en nuestros países de origen. Primero, llegó el Huracán Harvey a Houston dejando destrucción y muerte para sus habitantes. Luego, vino el Huracán Irma destruyendo el Caribe y sacudiendo fuertemente a Puerto Rico. Casi al mismo tiempo México tembló, al experimentar un sismo de 8.2 grados en la escala de Richter dejando más de 100 muertos a su paso por los estados de Chiapas y Oaxaca. Y ayer, México volvió  a ser sacudido por otro terremoto, esta vez de 7.1 grados y coincidentemente justo en el aniversario 32 del devastador terremoto de 1985, que dejara como saldo  más de 10, 000 muertos.  En este momento, ya van más de 225 muertos reportados, por lo menos 39 edificios colapsados y cientos de desaparecidos. Y un día después, Puerto Rico es arrasado por el Huracán María de categoría 4 dejando a su paso destrucción aun no cuantificada e incomunicación por la Isla del Encanto, pues se cayeron las torres de telecomunicación.

¿Qué nos está tratando de decir Dios, la madre naturaleza,  o como usted quiera llamarle, con todo esto?  No lo se.  Lo que sí se es que en medio de la tragedia, nuestros pueblos, nuestros dirigentes, nuestra gente se solidariza y se une para ayudar de todas las maneras posibles a los afectados por todo lo sucedido. Nos unimos en oración, aun cuando tengamos semanas, meses o años de no asistir a la iglesia. Yo no se qué es lo que sucede en los seres humanos, pero el espíritu y las acciones de solidaridad y unión son palpables. Eso me da la esperanza de que hoy por hoy existe gente buena, gente que está dispuesta a dar la mano a los más necesitados. Y eso es alentador para una madre como yo, que se preocupa por el mundo en el que vivirán nuestros hijos cuando lleguen a su adultez.

Por otra parte, estos sucesos, estos momentos tan difíciles también nos hacen reflexionar. ¿Cuántos de nosotros dejamos de hablarnos con familiares o amigos por problemas que tienen solución? Pero como diría mi papá, “somos cabezones y no entendemos razón,” es decir, somos tercos y orgullosos y preferimos dejarnos de hablar que dialogar, perdonar y comenzar de nuevo.

Y si no nos encontramos en una situación similar, dígame ¿cuántos de nosotros perdemos el tiempo en tonterías en lugar de pasarlo intencionalmente con la gente que amamos? ¿Cuántos de nosotros damos por sentado el amor de nuestros hijos, padres, conyugues, amigos, etc. y no nos tomamos el tiempo para cultivar esas relaciones; de expresarles verbalmente o físicamente nuestro amor, aprecio y apoyo?

Por ahí dicen que “de todo lo malo, siempre surge algo bueno,” y eso es lo que espero que estos sucesos devastadores puedan traer a nuestras vidas. Le invito a que seamos agradecidos con Dios o con la vida por la oportunidad de vivir, de tener familia, amigos, salud. De aprovechar intencionalmente los momentos con nuestros seres queridos.  Decir un “te amo,” “te aprecio,” un “perdón, ” un “estoy contigo.” De disfrutar realmente la vida al lado suyo.  De hacer contar cada momento. Piénselo.  Al final, esos momentos son los que atesoraremos para el resto de nuestros días. #FuerzaMéxico #FuerzaPuertoRico

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¿Odiar y morir o perdonar y sanar?

¿Odiar y morir o perdonar y sanar?

por
Eva Fleming de ¡Qué Gente, Mi Gente!

“El perdón es como un cántaro restaurado. Quien perdona conoce la sanidad, es liberado del pasado, cambia la amargura por paz, vive un futuro sin temor lleno de esperanza.”

Cuando mi padre tenía solo seis años, su padre abandonó a la familia y se fue a vivir con otra mujer.  Como la mayoría de los niños de familias divorciadas, él pasaba mucho tiempo entre el padre y la madre. La madre, habiendo sido abandonada por su esposo, era muy pobre y apenas podía proveer para las necesidades de sus cinco hijos.  El padre amaba a sus hijos, pero se sentía dividido entre su primera y segunda familia.

Cuando cumplió ocho años, su madre lo puso en un autobús y lo envió al norte del país a vivir con su padre, donde ella pensaba iba a tener mejores oportunidades. Su madrastra lo odiaba, insultaba y maltrataba.  Un día en un ataque de ira, le tiró un balde de agua caliente en la espalda, de la comida que estaba preparando para la cena.

Tan pronto como pudo, se independizó y se unió a la Marina de Guerra donde sirvió por cuatro años. Combinando su entrenamiento militar con todo el entrenamiento en carpintería que su padre le había provisto, se convirtió en un hombre trabajador e independiente.

El odio, el resentimiento y el dolor lo siguieron hasta que cumplió 33 años.  A cuya edad ya se había convertido en un alcohólico y llevaba una vida muy agresiva, metiéndose en peleas en las barras y con cualquiera que lo provocaba.  Durante este tiempo doloroso, comenzó a entender que debía perdonar para salir del alcoholismo, deshacerse del odio y dejar atrás todo el resentimiento que había acumulado durante su niñez.  Después de una noche de frustración, reviviendo todas las ofensas pasadas, las lloró y las dejó atrás, convirtiéndose en un hombre nuevo. Mi padre entendió que si no perdonaba iba siempre a llevar consigo un deseo insaciable de venganza.

El murió a los 80 años de edad, habiendo vivido 47 años libre del dolor emocional que casi lo destruye cuando niño.  Cuando nos contó su historia, le daba gracias a Dios por haberlo sacado de esa celda donde el sufrimiento lo tenía atado y se maravillaba de la forma en que cambió su vida.  Una vida que pudo haber terminado todos esos años atrás en tragedia si no hubiese entendido que tenía dos opciones: odiar y morir o perdonar y sanar.  El escogió el mejor camino. ¿Y tú, cuál escoges?

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Aprecia los momentos con tu familia y de ser necesario, busca la reconciliación.

Aprecia los momentos con tu familia y de ser necesario, busca la reconciliación.

Tomado de

¡Qué Gente, Mi Gente!

¿Existe una conversación que lamentarías no haber tenido con un ser querido si una desgracia le llegara a pasar? Dile a tu familia que la amas, aprecia los momentos que disfrutas con ella y de ser necesario, busca la reconciliación. Recuerda que nuestros días están contados. Este es el caso de Josué, quien después de haber tomado decisiones que han afectado para la mal la relación con su hija, ahora busca la reconciliación.

Las madres que como Anabela se molestan cuando un padre que se ha desaparecido quiere re-entrar a la vida de sus hijos deben aceptar la reanudación de la relación pero con cautela y observación.  Ellas tienen el derecho y la obligación de permitir que el padre entre de nuevo a la vida de sus hijos tanto como primero establezcan límites estrictos en la relación y no le den acceso ilimitado, por lo menos al principio mientras pasa la prueba de sinceridad y honestidad. Pero no deben dejar de sentirse optimista aunque sea de forma cautelosa ya que un hijo que tiene el apoyo tanto del padre como de la madre se siente mucho mas conectado.   La conexión es clave para la salud emocional. Los jóvenes desconectados terminan cometiendo crimines de violencia.  Es que los seres humanos valoramos la pertenencia. La pertenencia es un sentimiento irresistible que existe en la naturaleza humana.  Cuando pertenecemos podemos identificarnos claramente y responder a nuestro medio ambiente. La persona que se siente desconectada, especialmente de su padre o madre biológica experimenta soledad. Es por esto que es de suma importancia desarrollar nuestras relaciones y no posponer ni un segundo más la reconciliación.

Las buenas relaciones no surgen como por arte de magia. Hay que trabajar para hacerlas florecer. Este cambio debe ser deliberado, no va a surgir por sí solo. Por lo que debemos hacer todo lo posible de que no se ponga el sol sin primero haber tratado de buscar a ese alguien de quien nos hemos distanciado y comencemos a reconectarnos y reconciliarnos especialmente si ese alguien es un padre o madre biológica.

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Papá pródigo, Hijo perdonador

Papá pródigo, Hijo perdonador

Contributed by
Eduardo Morales

Mi corazón estaba palpitando. Me comencé a calentar por dentro. Esto es lo que sientes cuando sabes que el Espíritu Santo está actuando contigo, respondiéndote en ese momento específico.

“Marca pasos, ¿quién aquí necesita marcar pasos?”, el pastor retaba a todos los hombres para que pasaran al frente del altar (escenario).

Era una forma sencilla de ahogar el sonido de mi corazón. ¿Por qué tengo que hacer esto ahora Dios? ¿En este momento? ¿Delante de tantos hombres? ¡Esto me va a hacer quedar como un débil! Dios yo puedo hablar con mi padre cuando lleguemos a casa, ¡¡¡¿por qué lo tengo que hacer aquí?!!! Esto era algo que yo hablaba en mi cabeza. En aquel momento difícil un hombre fue al altar y aceptó el reto y marcó su paso.

Seis años antes yo había perdido todo, alusinaba, odiaba, tenia miedo y estaba roto. Mi padre se había ido sin mi madre, hermano y sin mí. Afortunadamente, para mí yo estaba listo para salir adelante en el colegio. Era mi forma de escapar. No podía estar en la casa, no sabía lo que iba a pasar y no sabía qué ocurriría con esta separación de mi famlia. Solo sabía una cosa, había perdido todo el respeto por mi padre. Lo trabajador, estricto, “haría todo lo que tuviera que hacer para ayudar y proveer a mi familia de lo que tuviera necesidad”, no deseaba hacer nada con él. ¿Por qué mi padre? ¿Por qué regresaste? ¿Por qué viniste aquí? Yo no deseaba realmente hacer mucho en aquel momento, pero mi respuesta fue ignorar y echar a un lado todo, y tratar de hacer lo mejor de mí para olvidar.

Yo sabía que necesitaba tomar la decisión de marcar mis pasos y perdonar a mi papá. Todos estos años yo los tenía debajo de la alfombra. Yo necesitaba escoger y ponerlos detrás de mí, para que nuestra relación fuera enmendada, sanada, restaurada. Comencé a caminar hacia adelante, gentilmente todos los hombres de la audiencia pasaron cerca del altar. No deseaba pasar, tenía que pasar.

“Allá ¿nadie más tiene necesidad de marcar pasos hoy?” dijo el pastor nuevamente.

Me puse en pie y finalmente caminé. “¿Y qué paso quieres marcar hoy?” él dijo.

En una voz muy temblorosa dije, “tengo que compartir algo con mi padre. Necesito perdonarlo”.

Se volvió a contemplar el mar de hombres que tenía al frente, el pastor dijo, “dónde él se encuentra, tráiganlo al altar…”

El no estaba en el salón. “¡En serio! Ahora voy a quedar como un tonto, ya se lo dije a Dios en mi cabeza. Ellos, literalmente, fueron a buscarlo hasta encontrarlo y yo esperando en el altar hasta que alguien, finalmente, lo encontró. Yo sabía que pude haber esperado hasta que llegara a la casa”, yo decía en mi interior.

Yo deseaba que mi padre no estuviera cerca. Busqué refugio en mis logros, mi cita con una relación a la vez, algo de drogas, alcohol y juegos. Cuando él decidió estar ausente por un tiempo en mi vida, no cambió el rol de que él era mi padre y yo su hijo. No deseaba continuar el camino de mi vida tratando esta figura fuera de mi vida. Yo deseaba esa relación. Yo necesitaba esa relación. Algunas temporadas en mi vida fueron activadas prematuramente. El rey dejó la casa, pero el príncipe tomó la posicion, una posición para la que no estaba preparado.

“¡Nosotros lo encontramos!” Alguien gritó en la parte de atrás. El caminó hasta el altar con un sentido de urgencia.

“Su hijo tiene algo que desea compartir con usted…” el pastor me dio el micrófono.

“Papá, solo quiero decirte que te amo demasiado… (mis ojos se pusieron llorosos)… Yo te pedí que vinieras aquí porque tengo que marcar este paso. Necesito perdonarte por todo lo que ha pasado en nuestro pasado. No deseo seguir siendo tu enemigo ni mantenerte en la posición de culpable por más tiempo. He decidido hoy, papá, poner estos últimos seis años detrás de mí.” En este momento sollocé. Mi padre se agarró de mí y compartimos este momento, nos unimos en un gran abrazo que nunca había recibido de él, me sentí libre, me sentí relajado. En ese momento, las ataduras de enojo, de traición y de abandono quedaron atrás. Sentí el poder de la liberación y la libertad del perdón.

Un hombre me hizo el acercamiento y me dijo lo impactante que fue ese momento para ellos. Sentí como si el Señor me hubiera enseñado que ese momento no era exclusivo para mí, sino para todos aquellos hombres que estaban en el salón, para que vieran un acto sincero de perdonar.

Nuestra relación ha cambiado drásticamene hacia lo positivo. Creo que seleccionar perdonar puede ser algo vulnerable y una cosa riesgosa, pero aprender a cómo perdornar y aplicarlo a nuestras relaciones es un acto integral. Perdonar liberta, no perdonar estrangula y entorpece. Necesitamos aprender a perdonar, como El nos ha perdonado.