El Amor por la Familia

El Amor por la Familia

por
Eva Fleming de ¡Qué Gente, Mi Gente!

«El amor se demuestra al proveer por la familia financiera, emocional y espiritualmente. Como pareja, se requiere trabajar en equipo para poder cultivar cada una de estas áreas.”

Nuestra sociedad sabe amar bien físicamente. Si miras una revista de Cosmopolitan y de GQ te darás cuenta que somos expertos del amor sexual y de la provisión financiera, pero el amor tiene una faceta emocional y espiritual que también debemos cultivar.

Dan Allender y Tremper Longman han enfatizado que “el matrimonio requiere un compromiso radical para amar a nuestras parejas tal como son; a la misma vez, deseando que se conviertan en lo que todavía no son. Todos los matrimonios se mueven o hacia adelante perfeccionando la gloria del otro o hacia la degradación del otro.” El matrimonio crea un clima donde el amor es probado inmensamente haciendo evidente sus facetas espirituales y emocionales; facetas que muchas veces ignoramos o de las que ni siquiera estamos conscientes.

Los que ignoran o no se dan cuenta que estas otras facetas existen, se dan por vencida y se entregan a la desesperación dando lugar al divorcio o la separación. Pero es importante que permitamos que nuestra relación matrimonial extienda nuestra capacidad de amar y que cada una de las muchas facetas del amor sean cultivadas tratando a la persona no como es, sino como queremos que sea. Pues casi ninguno de nosotros actuamos de una forma agradable (o somos fáciles de amar). Casi siempre “metemos la pata”, hablamos sin pensar, ofendemos, somos insensibles, etc. Pero si reconocemos que nuestras parejas son tan humanas como nosotros y perdonamos sus insensibilidades, entonces, estamos aprendiendo a amar emocional y espiritualmente, no solo físicamente.

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¿Odiar y morir o perdonar y sanar?

¿Odiar y morir o perdonar y sanar?

por
Eva Fleming de ¡Qué Gente, Mi Gente!

“El perdón es como un cántaro restaurado. Quien perdona conoce la sanidad, es liberado del pasado, cambia la amargura por paz, vive un futuro sin temor lleno de esperanza.”

Cuando mi padre tenía solo seis años, su padre abandonó a la familia y se fue a vivir con otra mujer.  Como la mayoría de los niños de familias divorciadas, él pasaba mucho tiempo entre el padre y la madre. La madre, habiendo sido abandonada por su esposo, era muy pobre y apenas podía proveer para las necesidades de sus cinco hijos.  El padre amaba a sus hijos, pero se sentía dividido entre su primera y segunda familia.

Cuando cumplió ocho años, su madre lo puso en un autobús y lo envió al norte del país a vivir con su padre, donde ella pensaba iba a tener mejores oportunidades. Su madrastra lo odiaba, insultaba y maltrataba.  Un día en un ataque de ira, le tiró un balde de agua caliente en la espalda, de la comida que estaba preparando para la cena.

Tan pronto como pudo, se independizó y se unió a la Marina de Guerra donde sirvió por cuatro años. Combinando su entrenamiento militar con todo el entrenamiento en carpintería que su padre le había provisto, se convirtió en un hombre trabajador e independiente.

El odio, el resentimiento y el dolor lo siguieron hasta que cumplió 33 años.  A cuya edad ya se había convertido en un alcohólico y llevaba una vida muy agresiva, metiéndose en peleas en las barras y con cualquiera que lo provocaba.  Durante este tiempo doloroso, comenzó a entender que debía perdonar para salir del alcoholismo, deshacerse del odio y dejar atrás todo el resentimiento que había acumulado durante su niñez.  Después de una noche de frustración, reviviendo todas las ofensas pasadas, las lloró y las dejó atrás, convirtiéndose en un hombre nuevo. Mi padre entendió que si no perdonaba iba siempre a llevar consigo un deseo insaciable de venganza.

El murió a los 80 años de edad, habiendo vivido 47 años libre del dolor emocional que casi lo destruye cuando niño.  Cuando nos contó su historia, le daba gracias a Dios por haberlo sacado de esa celda donde el sufrimiento lo tenía atado y se maravillaba de la forma en que cambió su vida.  Una vida que pudo haber terminado todos esos años atrás en tragedia si no hubiese entendido que tenía dos opciones: odiar y morir o perdonar y sanar.  El escogió el mejor camino. ¿Y tú, cuál escoges?

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Cultiva Amistades Sanas

Cultiva Amistades Sanas

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Eva Fleming de ¡Qué Gente, Mi Gente!

Somos expertos en relaciones románticas. Las revistas y la cultura popular enfatizan esta faceta de las relaciones al extremo de excluir una de las relaciones más preciada y probada por milenios. La simple amistad. La amistad es un ingrediente esencial para la felicidad. Según el filósofo Aristóteles, la amistad tiene tres funciones. La primera es una de placer en la que dos seres humanos se deleitan en su compañía, donde existe una conversación y contacto cara a cara, donde hay humor y seriedad en sus conversaciones, donde disfrutan actividades, salidas y aventuras juntos. La segunda función es utilidad. Este es el mismo concepto de un súper- poder y sus aliados. Es el sistema de apoyo que te ayuda a alcanzar tus metas, que te da la mano cuando más lo necesitas, que no te deja ahogarte. La tercera función es la virtud. Eres amigo de esta persona debido a sus virtudes: aprecias su honestidad, su perseverancia, su generosidad y sabes que tú también puedes ser influenciado por alguien con esas características. Esta función aclara el concepto del proverbio: “Hierro con hierro se aguza; y así el hombre aguza el rostro de su amigo.” Pues, aunque la honestidad de tu amigo te hiere, sabes que al final tiene razón y puedes ser mejor persona si escuchas sus consejos.

La amistad es tan esencial que cuando nos alejamos de alguien a quien realmente hemos llegado a apreciar, experimentamos dolor emocional y físico. Toma tiempo para cultivar las sanas amistades. Goza, llora y crece en el enlace de buenos amigos. Somos mejores personas cuando contamos con buena compañía y comunidad, que cuando estamos aislados.

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